prigionieri_on

★ Mesmerize me

olvidándome de las horas frente a otros espejos
Jul 15

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Capítulo 1º. Cosas que pienso para no pensar en ti.

He comprobado que existen mañanas en las que parece que tu vida se resbala por los bordes de la cama. Puede que lo supiera hace bastante tiempo pero nunca he sido tan consciente como ahora. De todas maneras te levantas. Vas arrastrando los pies hasta la ducha. Bebes café, miras por la ventana y sales por fin a la calle. A esas horas hay mucho silencio, aunque tal vez sea yo negándome a escuchar. Pero lo prefiero así, la verdad, tengo tiempo extra para estar a salvo, pensando en mis cosas, en mi misma.

Si todo sale bien llego al trabajo ilesa. Pero no siempre sale bien. Esta mañana por ejemplo, los edificios eran mucho más altos, incluso las personas, luego los árboles del parque, inmensos. Es correcto que sea así, que los árboles sean imponentes me gusta como idea, me encantan los árboles, pero que crezcan porque yo parezco menguar ya no tanto. Crecen a mis ojos porque me siento sola y desvalida. Lo cual es normal. Recientemente he tenido que decir adiós a alguien a quien amaba. Y sí, lo tengo asumido. Y no, ya no me despierto llorando. Ahora tan sólo me queda lo peor: la sobriedad de la melancolía.

Me sucede cuando estoy inmersa en este estado, después de cierto tiempo de apatía, que empiezo a pensar en el pasado. No en el reciente, sino en el otro. Ese pasado que nada tiene que ver con lo que oscurece el corazón. Y siempre, siempre, suspiro. Suspiro por personas que ya no me hacen suspirar. Y elijo una –normalmente la que está más cerca- y suspiro en su honor durante horas.

Da la casualidad de que la persona por la que suspiro en este momento aparece a diario durante mi jornada laboral.

En realidad no sé cómo comenzó, o mejor dicho, no lo entiendo. Fue el segundo al que vi la primera vez que entré en la oficina. La primera impresión fue extraña. Era… no sé, es difícil de describir. Solo sé que a pesar de tener una forma de ser absolutamente surrealista y vehemente, sentí que lo conocía, sentí como si hubiéramos estado juntos siempre. A veces pienso que simplemente me sonaba su cara y no la supe ubicar –cosa que me sucede de continuo- de ahí la familiaridad, pero que su cara me resultara familiar no era razón suficiente para que un desagradable como él me cayera bien, y menos de primeras.

Según tengo entendido la cosa no fue mutua. Al parecer en cuanto me vio yo sí que le caí mal. Me describió como una niña boba e insulsa. Y lo percibí, por supuesto. Si hay algo que sabe hacer bien es dar a entender lo que piensa de ti con una única mirada. En cualquier caso, me duró dos asaltos –aunque esté feo decirlo- en nuestra segunda conversación ya lo tenía en el bote. No es que lo sedujera, es que nos hicimos amigos, lo cual por lo menos a mi me resultó de lo más natural.

Debo advertir que él asegura que nos parecemos mucho, a lo que yo discrepo rotundamente. Sobre todo porque la idea de que alguien se me parezca no me resulta agradable. No busco la perfección pero si la originalidad. Como sea, he de admitir que se me parece un poco, pero por desgracia, no en los aspectos positivos. Me temo que los dos cojeamos del mismo lado. Es mayor que yo, doce años, un detalle a tener en cuenta, y lo único que buscaba -y busca- en su vida era estabilidad. Pero no por insipidez, en absoluto, sino por miedo. Por miedo a la montaña rusa que late en su pecho y que tanto daño hace. No a él, sino a los que se cruzan con él.

A mí me encantaba observarlo, sobre todo cuando las mujeres revoloteaban a su alrededor. Como moscas alrededor de la miel no es la mejor de las metáforas pero es la única que se me ocurre. Desprendía algo, tal vez una intensidad peligrosa, un magnetismo que las ponía –y las sigue poniendo- locas a todas. Era imprevisible. Eso era lo que sucedía. Tanto en el trato como en las reacciones. Yo lo percibí enseguida, estaba por encima de ello, pero eso no significa que no me atrajera tanto como al resto.

De hecho me encantaba. Observaba como desplegaba sus encantos, todo el teatro que le ponía a las palabras, a las miradas y a la usencia de las mismas. Si aquellas mujeres hubieran sido inocentes habrían salido corriendo. Pero no lo hacían. Ni ellas, ni yo. Me gustaba pensar que iba un paso por delante y les decía mentalmente: “Sí queridas. Caed en su trampa y disfrutad de ello. Asustaros mucho, temedle, dejaros intimidar y provocar. Jugad con esa idea prohibida en vuestras mentes. Pero yo soy la única a la que no le hace falta hacerlo. En mis manos es tan dócil como un gatito”. Y era cierto.

¿Por qué? No tengo la menor idea.

Me gusta pensar que era por mi actitud, desafiante, y por mi aspecto, muy diferente al del resto de seres que pueblan esas siete horas y pico en las que me dedico, entre otras cosas, a trabajar. Pero eso es sólo lo que me gusta pensar. Se de primera mano que él tampoco tiene muy claro el porqué. Mejor así.

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